Al leer a Alfons Cervera, uno podría creer que para redactar cualquiera de sus frases, esas que resultan de juntar seis, ocho o diez palabras condensando un mundo en ellas, Alfons está estrujándose los sesos, reescribiéndolas una y otra vez, cambiando los adjetivos, renegando de lo escrito y volviendo a empezar hasta plasmar sobre el papel aquella idea que le rondaba y quería expresar. Y así, una frase tras otra, hasta hilvanar el relato.
Pero no. Estoy seguro de que su prosa, esa prosa maravillosa impregnada de poesía a veces y de verdad siempre, le brota casi sin esfuerzo. Que le fluye como el río en crecida. No puede ser de otro modo. Cochina envidia, pienso mientras escribo afanosamente estas líneas. Pero tiene que ser así: seguro que escribir es para él como respirar: algo natural, algo que se hace casi sin esfuerzo. Es una característica de los genios, ofrecernos sus maravillas como si concebirlas y moldearlas fuera algo sencillo, al alcance de todos.
Y no me cabe duda de que Alfons Cervera es un genio. Es verdad que, debido al mal uso, la palabra genio está algo desprestigiada; hoy a cualquier medianía con ínfulas se le suele llamar así. Pero, en su caso, creo que esa genialidad –innata, obviamente– está más que acreditada.
Se me dirá que me excedo en el panegírico. Que quizá me ciega la amistad. Lo niego. No lo creo. Efectivamente, he mantenido y mantengo con Alfons una larga, larguísima amistad. Una amistad nacida cuando, jovenzuelos ambos, el escritor debutante (o casi) acudió al editor novato con un libro original, extraño, invendible en aquellos tiempos (y seguramente también en estos) pero en el que asomaban destellos de esa genialidad a la que he aludido.
Con los años, el editor ha seguido siendo un novato, pero Alfons ha demostrado sobradamente que la intuición del editor no andaba errada.
Desde entonces, ha escrito un buen número de libros, que han llegado a la editorial puntualmente en la fecha prometida, sin erratas, como delicadas joyas que un cuidadoso orfebre quisiera ofrecer a su mejor cliente. Apenas una sugerencia para la portada, sin imponer nada, ninguna pretensión, ninguna exigencia. Para la editorial, un regalo caído del cielo.
Me pregunto ahora hasta qué punto no le ha perjudicado –desde el punto de vista de la fama literaria, esa veleidosa servidora del poder; del poder literario también– haber sido fiel a la modesta editorial con la que ha publicado casi todos sus libros. Una editorial incómoda para el poder, y por tanto para los grandes medios de comunicación, que eran los que antaño proyectaban a la cima de la gloria a los autores de sus cuadras (ahora son los influencers los que deciden las modas). Y seguro que le ha perjudicado a esos efectos –que por otra parte no creo que le importen mucho– una ética insobornable que le ha llevado a estar permanentemente del lado de los desposeídos, de los olvidados, de las víctimas del sistema, y a combatir el olvido.
Rescatar la memoria, combatir el olvido: una tarea que pocos intentaban unas décadas atrás, y que Alfons ha proseguido desde entonces, denunciando sistemáticamente los rasgos del postfascismo que no han dejado de estar presentes en nuestra sociedad. Lo ha venido haciendo desde el periodismo y, literariamente, desde esa mirada inocente del niño que descubre la verdad de un mundo en el que la represión, la mentira y el odio se han mantenido a veces larvados, a veces aflorando con crudeza.
Ese rescate lo ha efectuado tanto a nivel social (y también, implícitamente, político) como familiar. El primer rescate ha cristalizado en una serie de novelas agrupadas en el volumen Las voces fugitivas1 al que habría que agregar su novela más reciente, El boxeador2, ciertamente una obra extraordinaria. En ese ciclo figura otra obra maestra: Maquis3. Publicada hace ya más de 25 años, su vigor y su belleza permanecen intactos. La rabia contenida que la impregna, también. Ese ciclo, que alguien calificó con fortuna de Ciclo de la memoria, huele a campo, a peñascos en los que esconderse, a injusticia, exilio, dolor y muerte. Y también a solidaridad, arrojo, resistencia y vida.
El segundo ciclo lo forman las tres novelas familiares destinadas a madre, padre y hermano, en el volumen Libro de familia4. Hay ahí amor y desamparo. Y sinceridad. Cervera nos abre el alma, se desnuda ante sí mismo y se nos muestra en su dolor sin esconderse. Descubrimos lo que él ha descubierto, los secretos que le han ocultado, las ausencias, tal vez algún remordimiento.
Es innecesario subrayar que todos esos libros están escritos con la prosa exquisita característica de su autor. Una prosa que no debe ser leída deprisa, porque es un gozo detenerse en cada frase, saborearla, dejarse llevar, asombrarse (en mi caso) de cómo se pueden contar cosas tan tristes con tanta belleza. Libros que permiten al lector zambullirse en sus tramas dejándose llevar por una prosa cristalina, una prosa que una y otra vez consigue emocionarnos.
No tengo mucho más que decir. Analizar en detalle su obra, buscar influencias, hallar paralelismos, detectar claves ocultas o comentar la sintaxis son tareas que competen a otros. Yo me limito a señalar que creo –honestamente– que Alfons Cervera es uno de los más grandes escritores (sino el que más) contemporáneos españoles. Y con eso está dicho todo.
[1] Alfons CERVERA, Las voces fugitivas, Barcelona, Piel de Zapa, 2014.
[1] Alfons CERVERA, Las voces fugitivas, Barcelona, Piel de Zapa, 2014.
[2] Alfons CERVERA, El boxeador, Barcelona, Piel de Zapa, 2024.
[3] Alfons CERVERA, Maquis, Barcelona, Montesinos, 1997.
[4] Alfons CERVERA, Libro de familia, Barcelona, Piel de Zapa, 2025.
Uno de los grandes (o el que más)
Miguel RIERA
Editorial Piel de Zapa
CERVERA, Alfons, Maquis, Barcelona, Montesinos, 1997.
—, Las voces fugitivas, Barcelona, Piel de Zapa, 2014.
—, El boxeador, Barcelona, Piel de Zapa, 2024.
—, Libro de familia, Barcelona, Piel de Zapa, 2025.